lunes, 17 de febrero de 2020

LA PEÑA RUBIA, EL CERRO GORDO

         


            La Peña Rubia siempre la ves, y el Cerro Gordo. ¿Cuántas veces te has preguntado si están ahí para que las mires? Si se exhiben con soberbia o con orgullo. Si las colocó en ese sitio aquel que dicen que construyó el mundo para el hombre, y que lo hizo a su imagen y semejanza. Y luego tú has dudado de eso. Quizás porque aprendiste que las montañas tienen su porqué. Que la tierra se arrugó por miles de sitios y que su fuerza interna sacó a relucir estas rocas de los fondos marinos más arcanos que puedas imaginar. Que, aunque este sitio no está inscrito en la eternidad, parece que lo estuviera. Igual que las otras cadenas de montañas sobre las que se precipitaron estos colosos en su descomunal cabalgada hace millones de años. A esas también las ves, o las intuyes. Las que los acompañaron, la Sierra del Gavilán, la de Benámor, Mojantes, Los Álamos y El Frontón, y El Tejo y el Pajarón, y Villafuerte, y Sierra Seca, y la Sierra de las Cabras de Nerpio. Y la gran barrera que se interpuso, que la llaman la Sierra de Segura, junto con los monumentales calares que hay al norte. Y así hasta la raíz de la tierra que se quedó clavada en el viejo macizo ibérico hace tantos millones de años que se te nubla la vista de pensarlo.
            Pero, siendo así como lo he explicado, tú ves la Peña Rubia y el Cerro Gordo ahí inertes, impertérritos y puedes creer que son eternos. Como pensaron los que inventaron leyendas de gigantes o los que imaginaron en sus interioridades al propio infierno; o los que, en su locura humana, escalaron sus escarpes ocres, rojizos y grises; o los que se tiraron desde la cumbre con unas alas de madera pensando que volarían y se clavaron en los frailes de piedra que ves en la ladera, lo cual no sé si es verdad, pero de niño me lo contaban otros niños a los que les gustaba contar cosas.
            Y seguramente también los que las maldijeron por los duros trabajos que tuvieron que hacer en ellas para obtener leña o carbón, o plantas buenas que da el monte, aunque luego se mostraran agradecidos una vez en casa con sus magros productos, de esa vieja Caravaca serrana, que fue, que se ignoró por los sabios o por los que se creen sabios, los cuales abundan; y que desapareció.
 Y también a los guerreros santiaguistas que se protegieron con ellas. El caso es que en todos los tiempos, desde que el mundo de los hombres existe, ese escarpe rotundo lo ves cuando te acercas a este viejo y montaraz pueblo que es Caravaca. Y cuando llevas mucho tiempo sin venir lo buscas desde lejos con la vista y, si eres de por aquí, se te forma hormiguilla por dentro, porque te vienen los recuerdos y la añoranza, y ese rescoldo que llevas dentro avivado por la memoria. Así hasta el final de tus días o hasta que las delicadas fibras de tu cerebro se mantengan vivas.