lunes, 30 de marzo de 2020

JUAN PEDRO RÍOS VALIENTE



Juan Pedro, “el Piojo”, nació en Caravaca, el año 1938. A su padre biológico se lo llevaron al frente y jamás regresó. No lo pudo conocer. En la larga postguerra Juan Pedro sufrió, como tantos españoles, los terribles efectos de esa España negra.
Pero Juan Pedro no relata con aspereza su infancia, ni su juventud, aunque se reivindica con dignidad. Eso sí, recuerda a su madre con ternura y refiere, con sencilla transparencia, sus penurias para combatir el hambre de los suyos.
Como tantos caravaqueños buscó, para sobrevivir, en la huerta y en los magros productos que da el monte; cargas de leña o de piñas sobre todo, además de guíscanos, espárragos y otros manjares más escasos.
Y después fue carbonero. Ese oficio es su seña de identidad. Te cuenta con entusiasmo los tajos de carbón en los que trabajó, junto a sus hermanos, su padre adoptivo y otras estirpes de carboneros caravaqueños. Hacer carbón es una tarea dura. Seguramente, de las más duras que haya habido. Además es arriesgada, no siendo pocos los que han perdido la vida en las tareas o en la vigilancia de las carboneras. Pero Juan Pedro cuenta sus tiempos de carbonero poniendo el sufrimiento como anécdota y elevando a categoría de arte y sabiduría los conocimientos que le llegaron por transmisión de padres a hijos. Montar la carbonera, emparejando bien el solar o empotrarla bien en el talud, con sus armeros perfectamente formados, redondeando la culata, colocando en orden los troncos y las ramas de los pinos o de las carrascas sin que en la fachada de la carbonera sobresalieran unos centímetros, enripiando para que se aireara lo justo, ajumiando y después aterrando. Y sobre todo, practicando los respiraderos para prender la carbonera, ir repretándola para convertir toda esa biomasa en carbón, y evitando una combustión rápida e incluso un incendio.
A Juan Pedro le brillan los ojos recordando los colores del carbón recién cocido. Y el ruido que hacía cuando estaba en su punto. Rii, riii.
Cuando finiquitó el oficio de carbonero, Juan Pedro encontró trabajo en el servicio de limpieza del ayuntamiento. Después se jubiló y con su humilde paga continuó sustentando a su familia y alimentando  sus pequeñas ilusiones, que son los epígonos de su ser: buscar guíscanos, coger espárragos… cosas de monte. Y algunos hechos más relevantes, como ir a Madrid al Bernabéu y llevarlo en el recuerdo.
Con su esfuerzo se pudo comprar un bancal en la huerta para cultivar sus patatas, sus hortalizas. Y tener sus animales, sus gallinas, que a Juan Pedro le gusta mucho recoger huevos para toda la familia, como en los tiempos de carbonero. Con mucho capricho. Hasta puso una puerta de forja y un nombre y todo, así, arriba. Y la Santísima Cruz.
Pero, mira por donde, justo por su piazo le trazaron la autovía y se lo expropiaron, por cuatro perras le expropiaron la ilusión de su vida. Para que veas, siempre hay víctimas silenciosas, anónimas, de lo que llamamos progreso. Para que las cosas sean como son, siempre dejamos ese rastro de víctimas. No digo nada más, ni hago balance, ni nada de eso. Pero… que lo sepas.
Una de las últimas veces que lo visité le noté un gesto de tristeza. Le pregunté si ya no iba a sus gallinas. Después de quitarle su piazo, en la periferia del pueblo puso media docena de gallinas que le mantenían tenso el cordón umbilical que le une a su esencia serrana. “Han venido del ayuntamiento y las he tenido que quitar”. Se conoce que alguien lo denunció, porque, por lo visto no se pueden tener gallinas en el pueblo. Y lo vi triste. “Mira que siempre me pillan las cosas”.
Pero cuando pasen estos días iré a verlo y seguro que su ánimo se levantará contando sus andanzas por la sierra, porque Juan Pedro además de bueno es alegre, a pesar de todo…y saldrá por la Cuesta Pedregosa adelante a buscar espárragos. A ver si aún pudiéramos vivir algo esta primavera.

PD. Escribo estas líneas en el decimosexto día de confinamiento y en el día centésimo décimo tercero de la aparición de COVID-19, dedicando mi recuerdo a los que nacieron en aquellos años difíciles y hoy están siendo castigados por esta epidemia, y por el oprobio y  la soberbia de algunos gobernantes del mundo, cuyos nombres prefiero olvidar.

viernes, 13 de marzo de 2020

OTRA FORMA DE VIVIR EL COVID-19

                                                                      Marchenica
           

            Hoy viernes, trece de marzo de 2020, nonagésimo sexto día de COVID-19, con el mundo estremecido y sometido a miríadas de noticias globales por segundo, yo, como tantas veces, me pongo a pensar en cosas de la vida antigua, tan lejos de este vértigo.
Pienso en esas cosas mirando esta foto de Marchenica, aldea que aún existe en el anchuroso término de Santiago-Pontones, pero con la cabeza puesta en Las Canalejas, derribada por la incuria y de la que solo he visto una pintura que Tomás López López hizo de ella, basándose en una foto en blanco y negro, y en su memoria. Tomás hizo esa pintura y también escribió un libro, “Las Canalejas”, en el que vierte su emoción y añoranza. Yo lo leo y siento las mismas cosas sobre aquella vida difícil y aislada, sencilla y serena de hace tan solo unas décadas en esas pequeñas comunidades rurales serranas. Dejo aparte el oprobio que se cometió con la expropiación de esta y otras aldeas vecinas en los ignominiosos tiempos del “Coto Nacional de Caza de la Sierra de Segura y Cazorla” porque busco paz, esa que muchas veces solo encuentras mirando, incluso mirando lo que ya no existe. Pensando en esa sencillez, en la ausencia de ansiedad por poseer bienes y objetos, o por otras cosas que traen ansiedad en estos tiempos que vivimos. En aquellos hombres para los que el tiempo era largo, labrando, o haciendo pleita, o echándole un pienso a su macho romo, o encendiendo el cigarro de tabaco carrasco con el pie apoyado en la piedra de debajo de la noguera, o comiendo con parsimonia una veta de tocino encima del pan y unos higos secos. Solo eso. Y en una frase de Antonino, vecino de Tomás, con el que trabajaba en ocasiones siendo un jovenzuelo, “no corras tanto que hay que apreciar el trabajo que hemos hecho”. Pensando en el primer viaje de Tomás, con nueve años, desde Las Canalejas a Villanueva del Arzobispo, en compañía de su padre y un mulo, en el que restituye su memoria infantil, el despertar a todo un mundo desconocido. Viendo por primera vez caminos anchos, obras de ingeniería y un pueblo, que nunca antes había visto un pueblo.

En eso pienso, hoy, viernes, trece de marzo de 2020, nonagésimo sexto día de COVID-19, y me pregunto por el vértigo que nos han traído estas cinco o seis décadas de cambios galopantes, para lo bueno y por lo malo. Pero el caso es que miro esta imagen de Marchenica tranquilo, a pesar de la pena, la tristeza y la duda. Siempre la duda.